La última vuelta a casa a pie

María Pérez de Arenaza

 

Hace tres días volví de una trashumancia por la provincia de Ávila, y aún vuelvo allí una y otra vez, aunque ya esté en otro mundo. Ahora estarán levantándose tras una noche fría y húmeda, ahora estarán desayunando su café y su colacao, ahora estarán recogiendo las tiendas, mientras Bárbara y Juan recogen la red que guarda a las ovejas para salir a pastorear el rebaño, ahora atravesando campos, ahora preparando la comida, ahora sesteando, … 

 

He acompañado al pastor trashumante Paco Morgado en la que será seguramente su última trashumancia a pie. Con 50 años a sus espaldas, subiendo y bajando de Cáceres a los puertos de León en busca de pastos frescos para su rebaño de 1.400 merinas, merinas puras, las que mejor se adaptan y resisten. 40 días andando de abajo a arriba, allá por mayo, antes de que el campo se quede seco, y de arriba a abajo allá por octubre, antes de que comience un frío que corta el aliento. Su casa está en Cáceres, allí guarda su rebaño y se guarda a sí mismo con su mujer y su familia. Y en verano alquila rastrojeras en el norte para que las ovejas pasten durante unos 4 meses antes de volver a Extremadura. Esta vez no llegaron a León, porque en las montañas, tras los fuegos que hubo, no había brotado el pasto.

 

    

 

Quería conocer qué es eso de la trashumancia. Esa palabra atávica cuyos orígenes remontan a antes de la humanidad, cuando los animales atravesaban, como un péndulo, grandes extensiones en busca de pastos, abriendo caminos que luego adapataron los pastores a sus necesidades. Cañadas que se fueron creando a fuerza de miles de años, por cuyos caminos transitaban dos veces al año inmensos rebaños.  Las Cañadas adquirieron el rango de Reales en 1273 por un edicto de Alfonso X el Sabio, quedando bajo la protección de la Corona para garantizar el libre tránsito del ganado y evitar que los agricultores rompieran o cultivaran esos caminos. Era tal el trajín y la economía que generaba el trashumar que gracias a estos rebaños se fue construyendo la fisonomía de los pueblos y ciudades, con sus casas, sus monumentos, sus comercios y su intercambio de culturas. Su anchura, 90 varas castellanas (unos 75 metros), que aún hoy se debe respetar. Pero no se respeta. Esa es la gran lucha de los pocos que aún trashuman a pie. Ni el lobo, ni el confort, ni el frío ni el calor, ni el cansancio, el problema es encontrar los caminos despejados para que pasen sus rebaños, que son prioridad cueste lo que cueste. Es emocionante pensar que hoy, los coches deben de parar el tiempo que sea necesario para dejar paso al rebaño, y los pueblos deben de despejar el camino que los atraviesa. Una cuestión de respeto, de cultura, de reconocimiento de un patrimonio que lo fue todo y que la UNESCO lo declaró en 2023 Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

 

Quería acercarme a ella, aunque solo fuera una pizca: dos medias jornadas y dos jornadas enteras. Dura y maravillosa.

 

Se hace duro no contar con un baño, ni una ducha, ni un espacio de intimidad donde cambiarse de ropa, ni un café después de sestear. Ningún confort, para una urbanita. Esto no se lo cuento a Paco, que su confort lo ha conseguido hace apenas unos años. Antes hacían la trashumancia solos y con burros, sin coche de apoyo, ni gas para cocinar, ni colchón de espumilla, ni ducha portatil, ni impermeables, ni móviles, ni una red ligera para guardar a las ovejas, y tampoco una corte de ayudantes que les acompañan a lo largo del camino, y que hacen mucha compañía, aquellos que trabajan como pastores, el que se ocupa de la intendencia, el cocinitas, una antroplólga que iba recogiendo la información, y un fotógrafo que iba ilustrando el camino (no quiero ni pensar lo que le espera de vuelta para editar tanta foto y grabación).

 

   

 

 Y es maravillosa, porque es una gozada atravesar parte de un país a pie, acompañando a un gran rebaño de ovejas que avanza a un ritmo hipnotizante, bajo un sol de justicia, con un olor a tomillo y poleo, que llena los pulmones, y el silbido de los pastores, cada uno el suyo,  y la danza de los perros de carea y el caminar impasible de los mastines, guardianes del rebaño. Y todo ello por la Cañada Real Leonesa Occidental, que recorre 700 km de pueblos, llanuras, montes, caminos, veredas, bosques, umbrías, arroyos y carreteras, desde las dehesas extremeñas a los montañas de León.

 

Es toda una experiencia convivir unas jornadas con los pastores, inmiscuirse en sus vidas. Volar a años luz de la vida cotidiana para aterrizar en otro mundo, a otro ritmo y otra forma de vivir. Conversar y observar, acompañar e intentar no entorpecer el discurrir del rebaño. Participar de lo que está pasando, que no se quede atrás una oveja, que no caigan cojas, que no las atropelle un coche; participar de los rituales cotidianos, hacer de pinche en la cocina, desplegar el campamento al atardecer y recogerlo en la mañana, sestear y pasar un buen rato de charla con el grupo de desconocidos con el que se viaja día tras día, y con aquellos que se van apuntando en el camino, los que fueron pastores y acompañan en un par de jornadas, los vecinos de los pueblos que a fuerza de la costumbre ya conocen a Paco, vienen a saludarle y le traen  enseres para compartir, y con admiradores de la trashumancia, conscientes de su gran valor Y tras la cena, a la cama, el único momento de intimidad para pensar en el día, para ser consciente de la experiencia que estoy viviendo, antes de caer rendida en un duermevela entre el repicar de cencerros y el ladrido de los perros.

 

Me pregunto en qué pensará Paco, echado por la noche sobre su colchón de espumilla, a sabiendas de que esta epopeya se acaba.